El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

Archive for septiembre 2013

Escena

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Escultura de Richard Serra, Berlín

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Escena

Del otro lado del espejo había unos individuos vestidos con birrete, toga y muceta como si formaran parte de una especie de extraño tribunal. Había muy poca luz de ese lado, así que era difícil apreciar los detalles que componían la lúgubre visión. Los individuos togados parecían estar dormidos o con los ojos entornados. Se podía ver, sin embargo, con cierta claridad, su cara huesuda y sus manos sarmentosas. Todo parecía estar cubierto de polvo. Podrían ser seis o siete individuos, distribuidos en dos filas. No decían nada, sino que estaban allí como acartonados. En este lado del espejo había una habitación espaciosa y bien iluminada por una claraboya plana de cristal que ocupaba todo el techo de la habitación. En medio se veía una mesa de grandes dimensiones y una joven tendida a lo largo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Había tanta luz en esta parte del espejo que era difícil mirar sin enceguecer, así que decidió pasar por algún pliegue al interior y sentarse a pensar.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

30 de septiembre de 2013 at 23:11

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Cuando callas

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Cuando callas

 

Te he dicho veintiséis mil veces que te quiero. No entiendo por qué quieres que te lo diga ahora otra vez, precisamente ahora, que tengo compromisos ineludibles contraídos con anterioridad a la vehemencia de tus deseos. ¿Es posible que consigas entenderlo? Te he dicho tantas veces que te quiero, que piensas que mi única y exclusiva ocupación es quererte de forma compulsiva y, además, decírtelo con palabras. No te conformas con gestos, con miradas, no. Tienes que tener entre tus manos mis cuerdas vocales y estrujarlas.  Quieres siempre escuchar: te quiero, te quiero. O cosas similares. Te gusta mucho un no puedo vivir sin ti, un sin ti me moriría, un sin ti la vida no tiene sentido, o incluso alguna expresión francamente cursi como aquella vez que me pediste que te dijera, somos dos personas y un mismo corazón, que casi me muero de vergüenza al decirlo. Además tú me lo planteas como si el te quiero de ayer no sirviera para hoy. Como si los cientos de miles de te quieros que te he dicho en mi vida ya hubieran prescrito. Como si el amor se acabara súbitamente de madrugada y tuviera que ser repuesto con una renovada promesa matutina. Como si el amor se pudiera pesar o medir o contar. Siempre me pareció que tenías una idea bastante cuantitativa de la vida. ¡Es que cuentas todo, amor mío!: los besos, los días, las noches de amor… Si quieres te lo repito ahora, no me importa, pero ya te he dicho que tengo compromisos muy urgentes. Recuerdo que cuando te dije por primera vez, allá por el año 1975, te quiero, pensé, ingenuo de mí, que ya no tendría que repetírtelo nunca más en la vida, porque guardarías ese te quiero como una especie de tesoro en tu corazón. Cuando en aquel remoto momento pensé en amarte, también pensé en la posibilidad de que pudiera darse la circunstancia de verme en la necesidad de decirte que, sintiéndolo mucho y después de tantos años, ya no te quiero, se ha derrumbado todo. Pero a ti te gusta banalizar el amor cuando afirmas, displicente,  pues eso es que ya no me quieres. Entonces es cuando yo me rindo y desfallezco y muero y me siento maltratado injustamente y veo que frivolizas la devoción y la dedicación que durante años ha sido mi única y verdadera razón de vivir. Podría desgranar todas y cada una de estas pequeñas insidias que tú has tramado para ponerme a prueba… Pero te voy a decir una cosa: después de esta perorata ya llego tarde a todos los compromisos ineludibles a los que tenía que acudir sin falta, así que has conseguido lo que querías, que siguiera con lo que te estaba diciendo. Sé que esta conversación te gusta porque es una especie de rememoración de la rememoración de nuestra relación, una especie de recuento de nuestro amor y de nuestro desamor. Ese juego de autocomplacencia, que a veces a mí también me gusta. Yo supongo que estás enamorada de mí, o que en algún momento lo estuviste, o que el amor es una especie de rescoldo, pero de lo que sí estoy seguro es que estás enamorada del amor.

Entonces se calla. Mete la foto en el bolsillo de la chaqueta, se levanta del banco en el que estaba sentado, se sube la solapa del abrigo y sigue andando.  

 

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

28 de septiembre de 2013 at 20:03

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Magnicidio

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Magnicidio

El percutor que golpeó la bala, que atravesó el corazó del muchacho, que mató al policía, que hizo salir la masa encefálica del oficial que reprimía la manifestación en contra de la guerra, que cruzó de parte a parte el cerebro del ministro de orden público, sentado en su despecho, que había dado la orden de disparar contra la multitud,  que mató al banquero que estaba reunido con el resto de los banqueros, que hizo volar por los aires la cabeza del presidente de la nación, sin que pudiera concluir aquella reunión trascendental con la cúpula de los banqueros que quedaron atónitos en medio de un charco de sangre, mientras cerraban el trato con el franco tirador que cargaba el percutor que golpearía la bala que debería atravesar el corazón del muchacho.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

26 de septiembre de 2013 at 15:08

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Despojos

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Despojos

Salían de unos agujeros a pedir por la ciudad. Eran centenares, quizá miles, que invadían las calles pidiendo. Su número no dejaba de crecer. Seres oscuros, escuálidos, vestidos con arambeles y andrajos. Por la noche se los tragaba la oscuridad otra vez, hasta el día siguiente. Hubo un momento que dejaron de salir. Solo salían sus afiladas manos.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

24 de septiembre de 2013 at 21:05

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Un dudoso microensayo sobre la ambigüedad y la duda

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juan yanes- ambigüedad

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Un dudoso microensayo sobre la ambigüedad y la duda

Creí que las preguntas las debía hacer yo, hasta que me di cuenta que tengo que dar las respuestas. Aunque después pensé que el que hace la pregunta normalmente sabe la respuesta y el que responde, en realidad, está haciendo preguntas. También, muchas veces, respondemos a cosas que no nos han preguntado, o preguntamos cosas que es imposible responder. Yo creo que es más humano hacer preguntas que respuestas, pero no estoy seguro de cuál es la respuesta. Me dan miedo las personas que saben todas las respuestas y no hacen preguntas porque piensan que no tienen ninguna duda. Las personas, creo yo, somos hermanas o primas hermanas de Hamlet, que es el estereotipo de la duda. El que duda, el que sospecha, el que indaga, el que interroga, el que pone en cuestión, ese es el que hace preguntas y más preguntas porque siempre está dudando y siempre está preguntando o preguntándose, porque la realidad es ambigua, y sumamente complicada y llena de matices y claroscuros. La realidad es tortuosa y opaca. Pero, además, como es una contrucción social, resulta que no hay una realidad, sino múltiples realidades simultáneas, sucesivas, generadas en el curso de la propia búsqueda. Entonces nuestra capacidad de duda debería ensancharse indefinidamente y obligarnos a seguir buscando y a hacer preguntas y más preguntas. El que cree que sabe algo, es un memo porque no existe la verdad, ni las verdades absolutas.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

22 de septiembre de 2013 at 0:51

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La infancia o el espesor del silencio

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Juan Yanes- Arboles- Perpiñán

Perpignan, marzo de 2013

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La infancia o el espesor del silencio

Cuando yo era chico no había ruido, más bien había silencio. Un silencio impenetrable, viscoso. Tú sentías el espesor del silencio en aquellos anchísimos días, pero no lo podías definir. No era un ruido físico, era un silencio que iba como por dentreo. No había móviles, ni neveras, ni lavadoras, ni secadoras, ni televisores, ni CD-rom, ni vídeos, ni relojes digitales, ni walkman, ni MP3, ni ipad, ni iphone, ni ipod, ni internet, ni ibooks, ni nada. Por no haber es que no había nada de nada. No había grandes superficies, ni pequeñas… Pero el silencio el silencio al que me refiero no tiene que ver nada con el ruido que hacen todas esas cosas, el silencio era la vida que vivíamos entonces. Ahora me explico yo por qué mi tío Andrés decía que aquello era la muerte. Que no había aire, que no se podía respirar ni vivir, que no era vida para una persona y todos se quedaban callados y bajaban la cabeza.

Cuando yo era chico nadie decía nada. Esa era una de las formas de la espesura del silencio. No explicaban las cosas, daban órdenes. Los mayores siempre daban órdenes a los pequeños. La vida estaba envuelta en un osco y profundo silencio de porqués. La explicación de las cosas que ocurrían las daban por supuestas o las posponían: ya te enterarás cuando seas mayor. En aquel silencio flotaba algo indefinido, algo de lo que no se puede hablar, o que no era conveniente hablar. Un tabú, algo latente, prohibido. Una culpa colectiva, quizá, no sé.

Yo me pasaba el día en la calle y mi casa era como una especie de lugar remoto al que iba a comer y a dormir. Mi madre era la única persona con la que se podía hablar un poco, pero a veces se ponía insoportable y cuando se ponía insoportable te trataba de usted. A ella le decía yo lo que me pasaba por la cabeza. Pero si me decía: usted se está callado que es un niño y los niños a su edad no hacen preguntas. Entonces, chitón, me dejaba arrugado, a punto de ser tragado por el sumidero. Pensaba, la cosa está que arde. Me callaba como un tuso para no alcanzar y desaparecía. Yo era un experto en el arte de desaparecer. La invisibilidad es una de las grandes virtudes de la santa infancia. Pero el centro de la cuestión sobre la que gravitaba el silencio, seguía intacta. Nadie la desvelaba. No se sabías qué había pasado, porque no se podía preguntar nada, tenías que estar en silencio, con la boca cerrada, fuera de los lugares donde se hablaba. Los oías cuchichear, reírse, enfadarse, la puerta medio cerrada y no se entendían bien las conversaciones y las disputas, porque todo lo hacían en voz baja. Entonces se espesaba aquel silencio.

Cuando yo era chico, ni en la comida ni en la cena se podía hablar. Se sentaban todos callados: mi abuelo en un extremo de la mesa y mi abuela en el otro. Mi abuelo era el único que sí podía hacerlo. Contaba cosas de cuando estuvo en Cuba y después se quedaba como encelado mirando al techo, seguramente pensando en la mulata que le hizo perder el tino, pero aunque eso hubiera pasado hacía la friolera de 60 años, si se le ocurría nombrarla mi abuela era capaz de lanzarle un cuchillo desde el otro extremo de la mesa o de levantarse y ensartarlo por sus partes con un tenedor de trinchar. Yo se lo había oído decir a la abuela: la próxima vez que nombres a la prieta esa del carajo, te arranco los ojos con este cuchillo, le dijo. Así que el abuelo, prudentemente, optaba por quedase callado también. A un lado de la mesa se sentaba mi padre, mi tío Andrés, mis dos tías y una hermana de mi madre, que era muy religiosa. Y al otro lado,  mi madre, mis dos hermanos pequeños, un primo medio alelado, que pasaba temporadas con nosotros, y yo.

Una vez le pregunté a mi madre por qué mi padre tenía que salir corriendo tan deprisa, muchas veces en medio de la comida, como ese mismo día, y me respondió: su padre tiene que ir a levantar un cadáver, ¿entendido? ¿Un cadáver?, dije yo dando un bote en la silla. Sí, respondió ella, tiene que levantar a un desgraciado que se tiró al fondo del barranco, ahíto de foferno. Cuando me dijo eso, a mí me empezó a hervir la cabeza, preguntándome qué era eso del foferno, por qué tenía mi padre que levantar cadáveres y qué trabajo era ese de levantar cadáveres cada dos por tres. Angustiado me preguntaba también por qué se mataba la gente, y no paraba de hacerme preguntas. Entonces me imaginaba yo a mi pobre padre cogiendo a los muertos por los hombros o por la patas y poniéndolos en unas parihuelas y subiéndolos penosamente por aquellas paredes de piedra cortadas a pico. Desde que mi madre me contó lo de mi padre, yo sólo tenía ganas de que me borraran del mundo y desaparecer.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

19 de septiembre de 2013 at 23:53

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La tarde se estira como un gato

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La tarde se estira como un gato

Esperaron a que la tarde se estirara como un gato, entraron en el bar y pidieron dos coñacs. Sin mayores miramientos, se los tiraron al fondo del gaznate como si fuera un puñado de sal. Entonces el más viejo, le dio un mordisco al borde de la copa y empezó a masticar el cristal hasta que se lo comió. El otro que iba con él, hizo lo mismo. El más viejo, se limpió el hilillo de sangre que le caía desde la comisura del labio, con el dorso de la mano y dijo: ¡Qué lástima!, cada día el cristal es de peor calidad.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

16 de septiembre de 2013 at 13:40

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