El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

La infancia o el espesor del silencio

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Juan Yanes- Arboles- Perpiñán

Perpignan, marzo de 2013

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La infancia o el espesor del silencio

Cuando yo era chico no había ruido, más bien había silencio. Un silencio impenetrable, viscoso. Tú sentías el espesor del silencio en aquellos anchísimos días, pero no lo podías definir. No era un ruido físico, era un silencio que iba como por dentreo. No había móviles, ni neveras, ni lavadoras, ni secadoras, ni televisores, ni CD-rom, ni vídeos, ni relojes digitales, ni walkman, ni MP3, ni ipad, ni iphone, ni ipod, ni internet, ni ibooks, ni nada. Por no haber es que no había nada de nada. No había grandes superficies, ni pequeñas… Pero el silencio el silencio al que me refiero no tiene que ver nada con el ruido que hacen todas esas cosas, el silencio era la vida que vivíamos entonces. Ahora me explico yo por qué mi tío Andrés decía que aquello era la muerte. Que no había aire, que no se podía respirar ni vivir, que no era vida para una persona y todos se quedaban callados y bajaban la cabeza.

Cuando yo era chico nadie decía nada. Esa era una de las formas de la espesura del silencio. No explicaban las cosas, daban órdenes. Los mayores siempre daban órdenes a los pequeños. La vida estaba envuelta en un osco y profundo silencio de porqués. La explicación de las cosas que ocurrían las daban por supuestas o las posponían: ya te enterarás cuando seas mayor. En aquel silencio flotaba algo indefinido, algo de lo que no se puede hablar, o que no era conveniente hablar. Un tabú, algo latente, prohibido. Una culpa colectiva, quizá, no sé.

Yo me pasaba el día en la calle y mi casa era como una especie de lugar remoto al que iba a comer y a dormir. Mi madre era la única persona con la que se podía hablar un poco, pero a veces se ponía insoportable y cuando se ponía insoportable te trataba de usted. A ella le decía yo lo que me pasaba por la cabeza. Pero si me decía: usted se está callado que es un niño y los niños a su edad no hacen preguntas. Entonces, chitón, me dejaba arrugado, a punto de ser tragado por el sumidero. Pensaba, la cosa está que arde. Me callaba como un tuso para no alcanzar y desaparecía. Yo era un experto en el arte de desaparecer. La invisibilidad es una de las grandes virtudes de la santa infancia. Pero el centro de la cuestión sobre la que gravitaba el silencio, seguía intacta. Nadie la desvelaba. No se sabías qué había pasado, porque no se podía preguntar nada, tenías que estar en silencio, con la boca cerrada, fuera de los lugares donde se hablaba. Los oías cuchichear, reírse, enfadarse, la puerta medio cerrada y no se entendían bien las conversaciones y las disputas, porque todo lo hacían en voz baja. Entonces se espesaba aquel silencio.

Cuando yo era chico, ni en la comida ni en la cena se podía hablar. Se sentaban todos callados: mi abuelo en un extremo de la mesa y mi abuela en el otro. Mi abuelo era el único que sí podía hacerlo. Contaba cosas de cuando estuvo en Cuba y después se quedaba como encelado mirando al techo, seguramente pensando en la mulata que le hizo perder el tino, pero aunque eso hubiera pasado hacía la friolera de 60 años, si se le ocurría nombrarla mi abuela era capaz de lanzarle un cuchillo desde el otro extremo de la mesa o de levantarse y ensartarlo por sus partes con un tenedor de trinchar. Yo se lo había oído decir a la abuela: la próxima vez que nombres a la prieta esa del carajo, te arranco los ojos con este cuchillo, le dijo. Así que el abuelo, prudentemente, optaba por quedase callado también. A un lado de la mesa se sentaba mi padre, mi tío Andrés, mis dos tías y una hermana de mi madre, que era muy religiosa. Y al otro lado,  mi madre, mis dos hermanos pequeños, un primo medio alelado, que pasaba temporadas con nosotros, y yo.

Una vez le pregunté a mi madre por qué mi padre tenía que salir corriendo tan deprisa, muchas veces en medio de la comida, como ese mismo día, y me respondió: su padre tiene que ir a levantar un cadáver, ¿entendido? ¿Un cadáver?, dije yo dando un bote en la silla. Sí, respondió ella, tiene que levantar a un desgraciado que se tiró al fondo del barranco, ahíto de foferno. Cuando me dijo eso, a mí me empezó a hervir la cabeza, preguntándome qué era eso del foferno, por qué tenía mi padre que levantar cadáveres y qué trabajo era ese de levantar cadáveres cada dos por tres. Angustiado me preguntaba también por qué se mataba la gente, y no paraba de hacerme preguntas. Entonces me imaginaba yo a mi pobre padre cogiendo a los muertos por los hombros o por la patas y poniéndolos en unas parihuelas y subiéndolos penosamente por aquellas paredes de piedra cortadas a pico. Desde que mi madre me contó lo de mi padre, yo sólo tenía ganas de que me borraran del mundo y desaparecer.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

19 de septiembre de 2013 a 23:53

Publicado en Sin categoría

6 comentarios

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  1. Me ha gustado mucho, Juan. Ese silencio espeso lo recuerdo (aunque en mi casa no paraban de hablar y contar historias, cuando callaban, como en la siesta, era ese espesor lo que oía). Genial el abandono del tuteo de la madre.

    Confusio Segundo Nán

    20 de septiembre de 2013 at 5:44

    • Me encanta que te guste NáN. Lo del silencio, creo yo que tenía como contrapartida el que convertía a los niños en seres que espiaban a los adultos. Eso es muy de Tabucchi. Yo siempre he mantenido la teoría de que la infancia es una especie de impostura. Recuerdo mentir sistemáticamente , de decir que no sabía tal o cual cosa y sí las sabías… como si uno, además de aprenderse por dónde pasa el Pisurga, aprendiera a “navegar” en la vida diaria…

      Juan Yanes

      20 de septiembre de 2013 at 22:00

  2. “Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá…” que decía Julio Cortázar… magnífico texto Juan. Lo comparto en FB. Un saludo.

    Luis López Gil

    20 de septiembre de 2013 at 8:53

    • Gracias Luis. Comparto también la preciosa frase de Cortázar. De todas formas el texto es parcialmente autobiográfico… en mi casa eran, como en la de NáN, muy parlanchines. Lo he cambiado para que estuviera en consonancia con lo del silencio, etc. Pero en lo esencial sí es una experiencia: antes los chiquillos éramos como un apéndice en los hogares. No es como ahora, que los niños y niñas son los reyes de la casa… No se preocupaban en exceso de nosotros… lo cual también era bueno porque el grado de autonomía era enorme. Un abrazo.

      Juan Yanes

      20 de septiembre de 2013 at 22:07

  3. Una maravilla, Juan.
    Lo del foferno siempre me impresionó, algo prohibido y tremendo.
    Un abrazo y aplausos de fondo.

    virgi

    20 de septiembre de 2013 at 20:11

    • Gracias Virgi. Sí lo del foferno era terrible porque ese insecticida que le ponían a la platanera les quemaba por dentro las visceras. Tenían que sufir mucho antes de morir. Era una forma de matarse de la gente humilde, una mezcla de ignorancia, violencia extrema y desesperación, que nunca se volvía contra los amos.sino contra ellos mismos.

      Juan Yanes

      20 de septiembre de 2013 at 21:51


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