El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

Cuando callas

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Cuando callas

 

Te he dicho veintiséis mil veces que te quiero. No entiendo por qué quieres que te lo diga ahora otra vez, precisamente ahora, que tengo compromisos ineludibles contraídos con anterioridad a la vehemencia de tus deseos. ¿Es posible que consigas entenderlo? Te he dicho tantas veces que te quiero, que piensas que mi única y exclusiva ocupación es quererte de forma compulsiva y, además, decírtelo con palabras. No te conformas con gestos, con miradas, no. Tienes que tener entre tus manos mis cuerdas vocales y estrujarlas.  Quieres siempre escuchar: te quiero, te quiero. O cosas similares. Te gusta mucho un no puedo vivir sin ti, un sin ti me moriría, un sin ti la vida no tiene sentido, o incluso alguna expresión francamente cursi como aquella vez que me pediste que te dijera, somos dos personas y un mismo corazón, que casi me muero de vergüenza al decirlo. Además tú me lo planteas como si el te quiero de ayer no sirviera para hoy. Como si los cientos de miles de te quieros que te he dicho en mi vida ya hubieran prescrito. Como si el amor se acabara súbitamente de madrugada y tuviera que ser repuesto con una renovada promesa matutina. Como si el amor se pudiera pesar o medir o contar. Siempre me pareció que tenías una idea bastante cuantitativa de la vida. ¡Es que cuentas todo, amor mío!: los besos, los días, las noches de amor… Si quieres te lo repito ahora, no me importa, pero ya te he dicho que tengo compromisos muy urgentes. Recuerdo que cuando te dije por primera vez, allá por el año 1975, te quiero, pensé, ingenuo de mí, que ya no tendría que repetírtelo nunca más en la vida, porque guardarías ese te quiero como una especie de tesoro en tu corazón. Cuando en aquel remoto momento pensé en amarte, también pensé en la posibilidad de que pudiera darse la circunstancia de verme en la necesidad de decirte que, sintiéndolo mucho y después de tantos años, ya no te quiero, se ha derrumbado todo. Pero a ti te gusta banalizar el amor cuando afirmas, displicente,  pues eso es que ya no me quieres. Entonces es cuando yo me rindo y desfallezco y muero y me siento maltratado injustamente y veo que frivolizas la devoción y la dedicación que durante años ha sido mi única y verdadera razón de vivir. Podría desgranar todas y cada una de estas pequeñas insidias que tú has tramado para ponerme a prueba… Pero te voy a decir una cosa: después de esta perorata ya llego tarde a todos los compromisos ineludibles a los que tenía que acudir sin falta, así que has conseguido lo que querías, que siguiera con lo que te estaba diciendo. Sé que esta conversación te gusta porque es una especie de rememoración de la rememoración de nuestra relación, una especie de recuento de nuestro amor y de nuestro desamor. Ese juego de autocomplacencia, que a veces a mí también me gusta. Yo supongo que estás enamorada de mí, o que en algún momento lo estuviste, o que el amor es una especie de rescoldo, pero de lo que sí estoy seguro es que estás enamorada del amor.

Entonces se calla. Mete la foto en el bolsillo de la chaqueta, se levanta del banco en el que estaba sentado, se sube la solapa del abrigo y sigue andando.  

 

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

28 de septiembre de 2013 a 20:03

Publicado en Sin categoría

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