El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

Archive for marzo 2014

Caracoles

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Caracoles

Saltabas por el techo poniendo caracoles en las ventanas. José Novaro

            Saco tiempo de debajo de las piedras, para ir a un mercado y comer caracoles. Hay gente que le da asco, pero eso es que no los han probado con fundamento. En un mercado, recuerdo haber visto carreras sui géneris de caracoles. Esos también me gustan. Caracoles vivos que se zampan las flores de los jardines y todo lo que es para triscar. Pero los que más estimo son los que van al caldero directamente. La gente los pone a purgar, varios días, metidos en una bolsa con romero fresco y entonces salen perfumados.

Mención especial merecen los caracoles metafísicos, esos que corren lentísimos, o sea que no corren, pero que ganan las carreras como las tortugas de Borges en ese jugo infinito de las paradojas y los apotegmas, que corrían más que Aquiles. ¡Los caracoles metafóricos! Ah, los caracoles metafóricos de la poesía. Esos me pirran. Son casi como pájaros. Ya me gustaría a mí, tener una musa que los hiciera aparecer y desaparecer, como la del poeta José Novaro que va por el aire poniendo caracoles en la Via Láctea.

Recuerdo que hace siglos estuve en un tugurio del Tubo de Zaragoza, que entonces era un barrio de mala nota —supongo a ahora, después de cuarenta años, estará lleno de edificios de cristal opaco ocupados por especuladores, bancos y gente fina—, y había unos paisanos con boina y cachaba sentados a pata rajada en la neblina del humo de los cigarro que llevaban años colgando de su  labio inferior y a los que daban una especie de chupetón de vez en cuando. En ese tugurio comí los mejores caracoles que he comido nunca. Eran muy picantes, pero sabrosísimos. Si yo fuera ahora a Zaragoza invitaría a la Cristina Grande, al Oscar Sipán y a la Patricia Esteban Erles que son tres criaturas hermosísimas que escriben como los dioses, a comer caracoles en el Tubo, aunque no exista, porque estoy seguro que son sabios degustadores de estos bichos (a los tres, los tengo antologados, que se dice ahora, en la Máquina de Coser Palabras). Bueno, si realmente yo tuviera la suerte de poder ir a Zaragoza, también invitaría a José Antonio Labordeta, que sabe un huevo de todas estas cosas y cuando sube al estrado sabe darle leña a la derecha y sacarla de quicio porque es poseedor de una sabiduría superior.

Aquí, en las Islas Estrafalarias en las que muero, cuesta mucho encontrar caracoles porque no forman parte de la cocina tradicional, pero hay algunos baretos que los hacen con dignidad. Nos pasa lo mismo que con las setas. Hectáreas y hectárea de pinares llenos de setas y nosotros mirando para otro lado. En general, no me gustan los sitios en los que los caracoles son mirados como si fueran una plaga de bichos a exterminar con DDT y no un manjar exquisito.

Los caracoles que más me gustan —tengo que decirlo rápido y aquí, al final—, son los que forman parte de La Estrategia del Caracol. La estrategia del caracol, se pone a funcionar cuando se ponen farrucos con esto de las hipotecas los que tú y yo sabemos… tú les dejas la fachada y te llevas el resto de la casa, como si fuera un mecano. Como no tengo demasiado tiempo para hablar de esto, te remito a la película La Estrategia del Caracol. Es una película magnífica del colombiano Sergio Cabrera. Bájatela o súbetela.

Bueno, termino. Me cabrea bastante que aquí, en el extranjero, a los caracoles se les llame escargots, como si fueran prusianos y tuvieran picos y fueran erizados como los erizos. ¡Con lo sencillo que es decir CARACOL!, con esa ele líquida, ápico-alveolar y oclusiva que es una delicia. ¡Por favor!

Juan Yanes

 

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Written by Juan Yanes

30 de marzo de 2014 at 23:02

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Deseo

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Deseo

Desnúdate, me dijo, y como estaba desnudo, me arranqué la piel.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

28 de marzo de 2014 at 12:59

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Un hombre sentado en una silla

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Un hombre sentado en una silla

Se levanta de la cama y se sienta a desayunar. En ocasiones su compañera le lleva el desayuno al lecho, entonces se sienta en el bordillo y desayuna y se queda abstraído mientras se toma el café con leche y las galletas. La mayoría de las veces, se lleva el desayuno a la mesa del ordenador y se sienta a leer el periódico mientras desayuna. Lee primero El País y después comprueba la cantidad de mentiras o de medias verdades que dice leyendo Público. Podría contrastar también las opiniones de Público con otro periódico más de izquierdas, pero entonces no terminaría nunca. A veces, esa labor de relectura la hace leyendo las referencias periodísticas que cuelgan sus amigos de FaceBook. Mira el correo electrónico, se ducha y sale pitando para el trabajo. Antes se tomo otro café con leche sentado en las mesitas del bar de enfrente de su casa y hojea la prensa local que es de una zafiedad insondable. Sube al tranvía y corre a sentarme, no sea que tenga que hacer el trayecto agarrado del techo, cosa que detesta. Una vez sentado aprovecha para mirar los apuntes de la clase que tiene que dar. Se aburre. Se pone a leer la Historia de la fealdad, de Umberto Eco, que empezó la noche anterior. Llega a la Facultad, se toma otro café sentado en el bar con los colegas y sube a su despacho que está en la tercera planta. Abre la puerta y se sienta frente a la mesa de trabajo. Revisa unos papeles y mira la correspondencia. Todavía hay gente que escribe cartas con su sobre u su sello… Cuando faltan cinco minutos para el comienzo de la clase, se levanta y baja al aula. Abre la puerta, sube al estrado y se sienta detrás de una mesa enorme que preside aquel rito, casi medieval, de impartir clase. Da la clase sentado, se levanta únicamente cuando cree que está llegando al momento álgido de la disertación. Cuando percibe que tiene a todos sus alumnos metidos en el bolsillo, se sienta nuevamente y prosigue hasta concluir. Baja a la cafetería, se sienta en un taburete, se toma un café y vuelve a su despacho donde recibe a grupos de alumnos que vienen a discutir con él la marcha de un trabajo colectivo. Se sientan todos en corro y hablan. Sale nuevamente pitando a coger el tranvía, se sienta un poco sofocado, respira y saca la Historia de la fealdad y se queda contemplando una imagen: La fuente de la eterna juventud, de Lucas Cranach. Se queda dormido y empieza a cabecear. Se despierta sobresaltado, pensando que se ha pasado de estación. Se levanta y baja del tranvía. Entonces decide ir a ver a su madre. Cuando llega, se sienta junto a ella y se ponen a hablar. Su madre no se ha levantado en todo el tiempo. Ya no anda sola. Se despide ante las protestas de su madre por la brevedad de la visita, baja en ascensor los ocho pisos hasta la calle, sale y se sienta en una terraza a tomarse el último café de la mañana antes de sentarse a comer… El resto del día sigue levantándose durante unos segundos y sentándose durante largos periodos de tiempo. Es como si hubiera nacido sentado y pasara todos los días de su vida en una silla. Sí, está de pie pero enseguida se sienta. Ha tardado años en darse cuenta de que es un hombre sentado en una silla.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

26 de marzo de 2014 at 23:53

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Pont des Arts

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Juan Yanes- candados sobre el sena - Puente de las artes

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Pont des Arts

Nuestro amor es líquido, es indestructible, me dijo. Al día siguiente desapareció.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

24 de marzo de 2014 at 16:05

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Descubrir el mundo (microensayo majadero)

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Descubrir el mundo

(microensayo majadero)

 

Decía Jean Piaget que todo lo que enseñamos a los niños y a las niñas impedimos que ellos o ellas lo descubran. La infancia es la época de nuestra vida de máxima laboriosidad porque estamos empeñados en descubrir el mundo. Una empresa titánica. Si el conocimiento significativo los adquirimos descubriendo, la enseñanza de ese conocimiento debe propiciar también el descubrimiento. Enseñar, por lo tanto, es poner a los niños en disposición de descubir… Los buenos maestros son aquellos que son capaces de poner (de inventarse, de descubir también ellos) las mejores circunstancias, los mejores medios para que se produzca ese milagro del descubrimiento. Ser maestro no es cascar rollos. Pero no, la evidencia contradice todo esto que decimos, los adultos en general y muchos maestros y maestras, en particular, arruinamos ese impulso por el descubrimiento, porque somos unos plastas aburriendo a la gente con nuestra cháchara y nos encanta comer el coco y escucharnos a nosotros mismos hablar y hablar y no tenemos paciencia para esperar a que la gente descubra las cosas por sí misma. Normalmente lo que te enseñan, te entra por un oído y te sale por el otro. Lo que tú has descubierto, indagando, interrogando la realidad, difícilmente se olvida. Los adultos somos unos majaderos que lo estropeamos todo.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

22 de marzo de 2014 at 19:08

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Sinestesia

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Sinestesia

 Escribía cuentos en las servilletas de los bares y después las historias sabían a mermelada de fresa.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

20 de marzo de 2014 at 18:07

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Ipso facto

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 “Ipso facto”

(un “cuento esqueleto”, sobre un sórdido drama rural )

Eran dos. Uno decía que el camino que pasaba debajo de la tapia de los berodes, no era un camino sino un vertedero. El otro decía que el camino de la tapia de los berodes, era una serventía de paso. El que decía que era un vertedero tiraba la basura en el camino. El que decía que era una serventía, le ponía una denuncia en la comisaría de la policía municipal, cada vez que el otro tiraba basura. Se insultaban, se amenazaban, estaban a punto de llegar a las manos. El que defendía la serventía de paso reunió un día a los vecinos, pero a la mitad de la asamblea irrumpió el que tiraba la basura, sacó una escopeta de cañones recortados y le llenó de plomo los pulmones al que defendía la serventía, que murió ipso facto. Los vecinos que presenciaban los hechos, lincharon allí mismo, al que tiraba la basura al camino, que también murió ipso facto.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

18 de marzo de 2014 at 17:13

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