El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

La música inaudible

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La música inaudible

         Mis amigos me invitan para que les estropee las fiestas, tocando el piano. Yo voy, toco, les arruino la celebración y ellos me pagan, eso es todo. Tengo un repertorio estrecho pero profundo, tres o cuatro piezas de Arnold Schönberg, otras tantas de Alban Berg y una o dos de Stockhausen. Por lo general no hace falta agotar el repertorio, sino que es suficiente con tocar una de ellas para que la gente empiece a desfilar por la puerta para afuera, poniendo excusas de lo más extravagantes: «No podemos quedarnos a la fiesta por más tiempo, hemos dejamos abierto el gas con los niños dentro»; «Lo sentimos mucho, pusimos el gato en la lavadora y tenemos que salir pitando a centrifugarlo»; «Nos ha encantado la fiesta, pero tenemos el tiempo justo para no perder el avión a la Cochinchina», y cosas por el estilo. ¿Cochinchina? ¡Ya no existe la Cochinchina!

         La mayoría de los que asisten a estas fiestas son gente que se considera culta, pero hacen gala de una ignorancia musical enciclopédica, como si la música no formara parte del alma y del cuerpo de la cultura. Es sencillamente espantoso. Nadie sabe quién es Luigi Nono, ni Anton Webern, ni John Cage, ni Pierre Boulez, ni Ligeti, ni Xenakis, ni Lukas Fuchs, ni Arvo Pärt, ni nadie de los que podríamos considerar más próximos a nosotros, Cristóbal Halffter, Gregorio Sánchez Fernández, Luis de Pablo, Piatzzola, o el mismísimo y maravilloso Egberto Gismonti, no reconocerían ni al último maldito posminimalista, nada.

         Cuando termina la fiesta por desistimiento, nos quedamos solos, el anfitrión, su señora y yo. Me sirven un whisky y nos ponemos a hablar de música, ¿de qué si no?, de la fractura cultural con todo lo que hicieron los grandes músicos de vanguardia del siglo pasado, cuyo sonido vaga huérfano por el exterior de la cultura de masas, en una especie de inopia infinita. Pero al momento me interrumpe la señora y se excusa porque tiene que ir urgentemente a ver a su madre, y a continuación el anfitrión se esfuma también, pidiéndome, por favor, que cierre la puerta de la casa al salir.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

7 de marzo de 2014 a 15:56

Publicado en Sin categoría

2 comentarios

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  1. Perdona que no te deje ningún comentario pero resulta que se me jodió la Underwood y salgo cagandoleches a recogerla al taller del luthier… ya si eso… eso…

    Luis López Gil

    7 de marzo de 2014 at 18:36


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