El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

Un hombre sentado en una silla

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Un hombre sentado en una silla

Se levanta de la cama y se sienta a desayunar. En ocasiones su compañera le lleva el desayuno al lecho, entonces se sienta en el bordillo y desayuna y se queda abstraído mientras se toma el café con leche y las galletas. La mayoría de las veces, se lleva el desayuno a la mesa del ordenador y se sienta a leer el periódico mientras desayuna. Lee primero El País y después comprueba la cantidad de mentiras o de medias verdades que dice leyendo Público. Podría contrastar también las opiniones de Público con otro periódico más de izquierdas, pero entonces no terminaría nunca. A veces, esa labor de relectura la hace leyendo las referencias periodísticas que cuelgan sus amigos de FaceBook. Mira el correo electrónico, se ducha y sale pitando para el trabajo. Antes se tomo otro café con leche sentado en las mesitas del bar de enfrente de su casa y hojea la prensa local que es de una zafiedad insondable. Sube al tranvía y corre a sentarme, no sea que tenga que hacer el trayecto agarrado del techo, cosa que detesta. Una vez sentado aprovecha para mirar los apuntes de la clase que tiene que dar. Se aburre. Se pone a leer la Historia de la fealdad, de Umberto Eco, que empezó la noche anterior. Llega a la Facultad, se toma otro café sentado en el bar con los colegas y sube a su despacho que está en la tercera planta. Abre la puerta y se sienta frente a la mesa de trabajo. Revisa unos papeles y mira la correspondencia. Todavía hay gente que escribe cartas con su sobre u su sello… Cuando faltan cinco minutos para el comienzo de la clase, se levanta y baja al aula. Abre la puerta, sube al estrado y se sienta detrás de una mesa enorme que preside aquel rito, casi medieval, de impartir clase. Da la clase sentado, se levanta únicamente cuando cree que está llegando al momento álgido de la disertación. Cuando percibe que tiene a todos sus alumnos metidos en el bolsillo, se sienta nuevamente y prosigue hasta concluir. Baja a la cafetería, se sienta en un taburete, se toma un café y vuelve a su despacho donde recibe a grupos de alumnos que vienen a discutir con él la marcha de un trabajo colectivo. Se sientan todos en corro y hablan. Sale nuevamente pitando a coger el tranvía, se sienta un poco sofocado, respira y saca la Historia de la fealdad y se queda contemplando una imagen: La fuente de la eterna juventud, de Lucas Cranach. Se queda dormido y empieza a cabecear. Se despierta sobresaltado, pensando que se ha pasado de estación. Se levanta y baja del tranvía. Entonces decide ir a ver a su madre. Cuando llega, se sienta junto a ella y se ponen a hablar. Su madre no se ha levantado en todo el tiempo. Ya no anda sola. Se despide ante las protestas de su madre por la brevedad de la visita, baja en ascensor los ocho pisos hasta la calle, sale y se sienta en una terraza a tomarse el último café de la mañana antes de sentarse a comer… El resto del día sigue levantándose durante unos segundos y sentándose durante largos periodos de tiempo. Es como si hubiera nacido sentado y pasara todos los días de su vida en una silla. Sí, está de pie pero enseguida se sienta. Ha tardado años en darse cuenta de que es un hombre sentado en una silla.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

26 de marzo de 2014 a 23:53

Publicado en Sin categoría

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