El oscuro borde de la luz III

(fotos y microrrelatos)

Sobre el papel de las azoteas en nuestra historia

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JUAN YANES- AZOTEA 333

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Sobre el papel de las azoteas en nuestra historia reciente

 

Este brevísimo ensayo sobre el papel de las azoteas de las casas de familia y de los edificios a lo largo de nuestra historia reciente, se centra en el estudio de las azoteas de la ciudad. El fenómeno de “las azoteas” es un fenómeno básicamente urbano, concomitante con el crecimiento urbano y el desarrollo industrial, el abandono masivo del campo y el crecimiento desproporcionado de las ciudades. Distinguiremos cinco períodos en el funcionamiento de las azoteas coincidiendo, de manera aproximada, con las cinco últimas décadas del siglo pasado.

Comencemos con el llamado período autárquico. ¡Ojo!, “la autarquía” es la respuesta económica del franquismo (como hicieron en su momento Hitler y Mussolini) al bloqueo internacional que propusieron las democracias vencedoras de la II Guerra Mundial a España por su colaboración con los fascistas. En realidad el bloqueo fue una medida tomada por Francia e Inglaterra por su mala conciencia por haber dejado caer a la II República. Estas viejas comadronas cínicas que tampoco invadieron España después de la II Guerra Mundial ―lo que hubiera sido un paseo triunfal en un país devastado por el hambre y la pobreza y nos hubiera ahorrado cuarenta años de represión―. Sin esta breve digresión es imposible comprender por qué se plantaban coles y se criaban cabras en nuestras azoteas. Así pues, durante la autarquía, las azoteas cumplen una función básicamente agropecuaria. Es decir, sirven de gallineros, conejeros y reducidos apriscos de cabras. Toda azotea que se preciase tenía, además, un palomar. Las palomas y las sociedades colombófilas florecieron como los hongos y forman parte indisoluble de nuestra historia y del espíritu de la nación.

Después llegó el desarrollismo. Durante la primera fase del desarrollo (¡Dios mío ya me había olvidado de los Planes de Desarrollo del inefable López Rodó!), siguen cumpliendo funciones agropecuarias pero poco a poco incluyen las piedras de lavar y los tendederos de ropa (la ropa se tendía antes en las ventanas. Los que no tenían ventanas ponían una alcayata en una esquina del armario y ataban una cuerda al cabezal de la cama del dormitorio que solía terminar en dos columnas torneadas de tipo salomónico con unos chirimbolos muy adecuados para el amarre). Estamos en la década de los 60.

La década de los 70 es la Edad de Oro de la Ropa Tendida en la azotea. Toneladas de ropa blanca y de color, ondean en los techos de todos los edificios de la ciudad. Una especie de selva multicolor se mueve, alegremente, sobre nuestras cabezas, En las casas más pudientes empieza a introducirse aparatosas lavadoras, primero manuales y luego eléctricas. Pero el esplendor de la ropa tendida continúa hasta bien entrado los 80, cuando  aparecen por primera vez en la historia, las secadoras. Coincide también este periodo de los 70 con la utilización de las azoteas como lugar de celebración de los llamados “guateques”. El guateque es un fenómeno típico de las clases medias. Es una fiesta en la que se baila y se bebe (poco y mal, pero ese es otro cantar). Es una especie de rito de transición entre la adolescencia y la juventud, o sea, una pequeña válvula de salida a la represión sexual, tan característica y atroz de todo el periodo que estamos viendo y una forma de comunicación y relación entre los jóvenes. Por estos años, las azoteas sobrevivieron a un bosque infernal de antenas de televisión que poco a poco se fue simplificando y reconvirtiendo en parábolas, es decir y relatos analógicos… Es una manera de hablar. Pero el bosque infernal no interfería otras funciones, sino que se superponía a ellas. Era parte de una estetica de la alienación televisiva.

         Mención especial merece, en este momento, la aportación del Dr. Ximens cuando afirma que en esta época «las azoteas también sirvieron para veranear». Se refiere, el mencionado estudioso, a la extensa y prolija masa mesetaria existente en nuestro país, que no tenía acceso directo al mar. Entonces, subías a la azotea te ponía encima tres kilos de caroteno y parecía que habías pasado el verano en Matalascañas. También se llevaba uno el botijo para evitar la deshidratación y la consunción por achicharramiento. Si las evidencias se acumulaban en contra de tu estancia en Matalascañas, siempre te quedaba el recurso de decir que tu madre había puesto un “solarium” en lo alto de la casa. Claro, no es lo mismo broncearse en un solarium, que broncearse en la azotea.

El final de los 90 marca el inicio de la decadencia de las azoteas. La gente se olvida de las azoteas y de los servicios que a lo largo de los años han prestado. Poco a poco se van convirtiendo en vertederos, trasteros y basureros. Es la época actual. Se ha inventado eso de los “áticos”, pero todavía muchos edificios muestran las heridas de la decadencia total de las azoteas. Una tristeza. Últimamente he notado, entre los adoradores de lechugas y alcachofas, un afán por recuperar “ecológicamente” las azoteas, parcialmente invadidas por las placas solares. He descubierto entre mis amigos, extraordinarios expertos en cultivos hidropónicos y pequeños agricultores de azotea de toda clase de hortalizas, con lo cual auguro la llegada de una nueva función azoteística, la horticultura autosuficiente, por más que hoy aparezca como minoritaria y testimonial.

A todas estas, ¿quiénes lavaban la ropa, la tendían y la recogían?, las mujeres. ¿Quienes siguen lavando, secando y planchando la rapa?, las mujeres. ¿Quienes preparaban los guateques y limpiaban luego todo el estropicio?, las mujeres. ¿Quines íbamos a buscar el puño a la baifa (la hieba a la cabra)? los pibes. ¿Y los hombres, qué hacían?, Los hombres organizaban y supervisaban. O sea, nada. En fin, la génesis y desarrollo de las azoteas y los roles asociados, parecen inevitablemente vinculados al desarrollo económico, tecnológico y social de nuestra sociedad y por humilde que parezca su existencia son un reflejo de nuestra vida, de cómo éramos y de cómo somos.

Juan Yanes

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Written by Juan Yanes

7 de octubre de 2013 a 22:32

Publicado en Sin categoría

4 comentarios

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  1. Me acuerdo de haber dormido en la azotea de mi casa en Sevilla muchas noches del caluroso verano en los años sesenta… también me acuerdo del palomar de mi padre… y de subir las palanganas llenas de ropa o los cubos y las pinzas de madera para que mi madre tendiera… tu magnífica entrada me ha llenado de nostalgia… un saludo, Juan. (Comparto en FB).

    Luis López Gil

    8 de octubre de 2013 at 10:48

    • Hola Luis. Me gusta mucho tu comentario tan vivido. Yo, por hacer un poco de humor he querido darle un tono como sociológico… pero igual hubiera sido mejor un tono nostálgico y poético… Gracias.

      Juan Yanes

      8 de octubre de 2013 at 15:31

  2. Me has dado un repaso a las azoteas de mi vida. Fantástico y observador, Juan. En la década de los 60 también se utilizaban para veranear, es decir, ponerse morenos y decir que era de playa.

    Javier Ximens

    8 de octubre de 2013 at 10:48

    • Me agrada un montón que te guste Ximens porque tú eres de los auténticos. Si me lo permites introduciré eso de veranear en la azotea, que me gusta a rabiar Un abrazo

      Juan Yanes

      8 de octubre de 2013 at 15:32


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